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I

No es un secreto que sea una consumada “pantyhose fetishist”. Desde muy joven, en mi niñez, solía extasiadme la sensación de áspera suavidad que su tejido otorgaba al tacto, provocándome, como ya lo he dicho antes, un grato sentimiento fetichista que pocas veces puedo comparar o describir, pues las sensaciones son tan bastas e irregulares que avasallan cualquier descripción que pudiere relatar. Así, en ocasiones, un sentimiento de plácido bienestar egocéntrico me rodea, mientras que en otras la lujuria perversa me sobresalta, otras tantas la sensualidad me embarga, contraponiéndose con las sensaciones de deseo irrefrenable cuando con mis manos puedo palpar los glúteos, muslos, rodillas, pantorrillas y pies de una chica que les porte. He de confesar, como toda fetichista, que suelo preferir ciertos estilos y texturas en contraposición a otros; las vanizadas, que tenuemente con la luz chispean me encantan, siendo mis preferidas aquellas que pulcramente se ajustan a la piel, odiando aquellas otras que suelen crear pequeñas franjas disformes por no encontrarse totalmente tensas. Las pantimedias, al igual que las medias, deben ser continuas en su textura, sin apelmazarse en los muslos o rodillas, o bien, dar esa apariencia turbia de que se ha elegido la talla incorrecta, quedando en las piernas demasiado holgadas y sin conseguir el cometido de convertirse en parte de la epidermis misma.

Siendo niña nunca logré vestirles. Proviniendo de una familia con rígidos “códigos sociales y morales” éste placer, como muchos otros más me fue negado, pues la norma en una niña era el llevar calcetas, y para un niño, portar calcetines. En aquella edad podría haber increpado que algunas niñas utilizaban mallas, pero con mi condición de intersexualidad me hubiese sido prohibido el llevarles en cualquier forma; además, realmente no existían pantimedias que pudieren haberse ajustado a mi pequeña talla de entonces, conformándome con sentirles entre mis manos cuando, en soledad y hurgando en el cesto de la ropa que sería lavada, tenía la oportunidad de acariciar y fantasear con las que mi madre utilizaba. Desconozco como fue que ese sentimiento fetichista surgió en mí, no tengo la memoria suficiente para poder determinar un momento específico de ello. Como en un sueño que aparece de pronto, sin poder remembrar momento específico o situación concreta, solamente recuerdo con viveza las situaciones en que las pantimedias me enloquecían. Solía admirar con determinación las piernas de las chicas que les vestían y aún suelo hacerlo. Para mí, unas piernas desnudas que sobresalen de una falda o vestido nunca serán tan atractivas como aquellas otras que, combinadas a la perfección, son maquilladas con la fragilidad de unas medias o pantimedias. Aun en la excitación anterior al sexo prefiero a las chicas que no se encuentran totalmente desnudas en la intimidad de la sensual seducción; un sostén de varilla preformado de media copa con tirantes al hombro, o mejor aún, tipo strapless en combinación con unas pantimedias sin costura, o bien, con un liguero de encaje ancho y medias al muslo me son mucho más sensuales que la desnudez total. De igual forma, sin ser peyorativa ni mucho menos racista, suelo preferir los cuerpos pálidos carentes de color o bronceado alguno. Me atrae de sobremanera la palidez de una piel lechosamente blanca sin marca de sol alguna, y no es que desprecie los senos sobresalientemente blancos en un cuerpo bronceado, o que desdeñe la blancura de la marca de un lindo bikini en la pelvis y entrepierna de una chica que evidentemente ha pasado días en la playa. Tampoco puedo obviar a las chicas de color o de tez morena, Allah testigo mudo ha sido que, al lado de ellas, he enloquecido con la sexualidad bellamente abrupta que en distintas oportunidades he podido compartir. La belleza, en sí, no cuenta con color ni sexo alguno, pues ésta sencillamente surge con la contemplación de la estética, sea ésta preestablecida o propia. Sin embargo, creo sinceramente que sería un error mayúsculo afirmar que nadie cuenta con una preferencia, pues en todo aspecto, sea éste material, moral o sencillamente de apreciación, todos discrepamos en mayor o menor medida. Así, mis preferencias son claramente establecidas: chicas de piel pálida ataviadas con sostenes de copas preformadas y pantimedias que se ajusten a su cintura, caderas y piernas me son extremadamente sensuales, pudiéndome producir un auto-orgasmo con el simple hecho de verles postrarse frente a mí y silbarme un “Deseadme” con una tenue voz que entre sus labios escapa.

Antes que mi adolescencia llegare sabía perfectamente que no era similar a las demás, y al igual que muchas de nosotras, convencida estaba que lo que me sucedía solamente a mí me ocurría, haciéndome sentir aislada del resto de mis compañeros. Nunca tuve la oportunidad de emendar mi error infantil, el desconocimiento de la sexualidad que en casa era impuesto no me permitió conocer que millares somos las que “disímiles” nos sentimos, haciéndonos con ello iguales y semejantes, preguntándome entonces cual la “normalidad” es, si aquella que deseamos en la verdad ocultar, o aquella otra que en la realidad podemos descubrir. La pubertad me enseñó que la verdad y la realidad muy dispares suelen ser; mi verdad varonil era una y mi realidad intersexual era otra. La verdad que por mis padres me fue impuesta no conciliaba interactuar con la realidad que en mí yo descubría y ello me aterraba, reprimiendo mis momentos que solamente en la intimidad podía explayar, pues aún con mis amigos esta realidad oculta debía permanecer, pues de no hacedlo, la segregación iracunda aparecería. Analfabeta sexual en la adolescencia, entre las charlas de mis compañeros del colegio fui descubriendo los pormenores de una sexualidad falta que en mí varonilmente se negaba aflorar, y muy en contraposición, se desarrollaban aquellas otras características que poco tenían que ver con la sexualidad que mis padres, y el entorno social me impusieren. Mientras que mis compañeros alardeaban con el largo de sus penes y sus constantes erecciones, mis pechos denotaban los brotes tardíos de unos senos que germinaban, creciendo en contraposición a un atrofiado pene carente de escroto y testículos que se negaba a engrosar, siendo cada día más parecido a un clítoris externo que entre mis piernas tímidamente se asomare. Al igual que al resto de mis compañeros, mi cuerpo se transformaba, pero lo que en mí sucedía muy distinto al de los demás fuere; mis características femeninas afloraban en una realidad que no correspondiere a la verdad, mis caderas se moldaban en redondeles que engrosaban los glúteos, mi espalda jamás adquirió la anchura que debiere esperar y la cintura, que en realidad deseaba no engrosare, se esculpía en un abdomen que ansiaba permaneciere liso y llano. Mi realidad hizo que poco a poco fuere excluida, mientras mi verdad me aislaba igualmente tanto de chicas y chicos, pues para ambos, mi condición andrógina no me permitía la aceptación plena por alguno de los grupos, segregándome a la cofradía de “Las raritas” que conformábamos aquellas que pensábamos, actuábamos, y parecíamos “diferentes” del resto. Fue en ésta cofradía que encontré el soporte moral y psicológico que necesitaba, pues aun cuando cada uno de nosotros distintos éramos compartíamos una igualdad: la de ser precisamente discordantes y heterogéneos. Emina, Ivan, Nikolai, Aleksandra, Leonid, Svetlana, Yuliya, Inga, Grigoriy y yo; tan distintos y homogéneos todos, cada cual circunscrito a su realidad que nos enfrentaba en una edad adusta y dispar, que nos afrontaba a verdades diversas que hacían nos uniéremos en una misma: la de ser distintos en un mundo de semejanzas dispares.

En aquellos años de colegio, y aún en los primeros universitarios jamás logré combinar la verdad con mi realidad. Muchos eran, y siguen siendo los tabúes y temores que albergo, aparentando una verdad que poco, con el transcurso de mi desarrollo andrógino lograba aparentar.

Dos acciones han permanecido inalterables en mi memora: la primera es la ocasión que puede deslizar unas pantimedias entre mis piernas, y la segunda, el momento que adquirí mi primer par de pantimedias y sostenes específicamente para mí. Dos acciones triviales, más no intrascendentes, pues el significado psicológico, social y moral marcó, sin duda alguna, un efecto fundamental en mi personalidad: mi propia feminidad.

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