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I
– ¿Te atraía Svetlana? –preguntó mientras llenare nuevamente los vasillos vacíos; la lluvia continuaba y parecía que no cesaría durante la noche que recién iniciaba, y en la cual, ambos, sin importar a que las horas se acumularen, dispuestos nos encantábamos a que en calma la charla transcurriere.

– En realidad no –respondí al aceptar entre mis manos el vaso que me acercare- no le veía con la misma lujuria que Petrouchka en mí despertare. Eran distintas, diferentes una de otra; Petrouchka era intempestiva,… obscena en cierto punto; despertaba en mí un lascivo deseo cada que le mirare, cada que le tocare, rozando nuestros contactos en infinidad de extrapolados momentos que tanto ella, como yo, con disimulo provocáremos. Con Svetlana ello no sucedía, nuestra relación era más directa, franca y sin tapujos, en la cual no podíamos ocultadnos. Ambas nuestros secretos conocíamos, haciéndonos una de otra la confidente que en ése instante necesitaremos… Atractiva le era, ¿decidme vos qué chica no le es? Si observáis con detenimiento, encontraréis que todas le son, unas en mayor y otras en menor medida, más todas, en diversidades distintas, atractivas le son,… Vos mismo no podríais negar que os atraigo en alguna forma.; Inevitable es que, si entre el escote de mi blusa al encontrad el albor de mis senos, la vista sobre ellos no fijéis; así era Sveta, del tipo de chica que, por miradle, no despertare en vos el impulso masivo de en su cuerpo la mirada fijar, sin por ello en reojo dejar de observadle. Era pelirroja natural, de ojos azules que sabía ensombrecer muy bien; mucho ello le envidiaba, pues nunca logré ensombreced los míos cual ella con los suyos hiciere. Nos llevaríamos un par de meses quizás, pero ella era mucho más alta, yo siempre de baja estatura le he sido y es parte de éste trauma que en mi propio ser me encarcela. Svetlana no era así, para ella las cosas debieren suceder como sencillamente sucedían; si era lesbiana, pues vale, salía del closet sin ataduras y poco le importare; yo no, aun cuando con Petrouchka amantes le fuéremos, del closet no logré en aquella época desterradme. Eso admiraba de Sveta, que decía las cosas francas, directas y sin rodeos, más siempre respetaba la intimidad que le compartiereis.

– Le dedicaste uno de tus textos –comentó al tomar una revista de entre las que mantenía en su librero.

– “Niebla” –respondí al encender de nuevo un cigarrillo.

– ¿Por qué lo hiciste? –preguntó dentro de ése interrogatorio en que nuestras charlas solían tornarse.

– ¿Y por qué no habría de hacedle? –respondí para absorber el humo del cigarrillo- “Los dragones con su aliento en niebla me convierten y aún de mi ser colman, cual el cuervo en el dintel posado mi nombre aún acalla,…” –parafrasee- Llamadle extrapolación, o alter ego, el nombre que le deis poco a mí importa, quise dedicádselo y le escribí para ella pensando en ella, en Sveta, aun cuando a Lluís mucho apreciare.

– ¿Él lo supo? –inquirió

 – No, no se lo he dicho. En alguna forma, el encontradme con Lluís fue el con Sveta rencontradme.

II
– ¿Qué le dirás a tu padre? La tienda ha estado cerrada toda la semana –comentó Svetlana mientras se vestía el pijama para irnos a dormir- algo le tendrás que decir.

– Por las mañanas Petrouchka le ha estado abriendo; algo de venta a habido y venga, él sabe hay algunas semanas de venta baja, no veo problema en ello.

– ¿Te dije que hoy pasé y la vi cerrada? Ya fue en la tarde, antes de hablarte por teléfono.

– Sí, me lo habéis comentado –respondí al metedme entre las sabanas. Cuando mis padres viajaban, solía invitad a Sveta a quedarse en casa. Tanto sus padres, como los míos, sabían así le hacíamos y ambos concordaban en que era mejor que no me quedare del todo sola. En las primeras ocasiones, Sveta utilizaba la habitación contigua a la mía, sin embargo, y con la frecuencia de los viajes de mis padres, empezamos a compartir la cama de mi habitación, lo cual, tanto mis padres, como los suyos, desconocían.

– ¿Petrouchka le ha estado abriendo en las mañanas? –recapacitó- ¿y por qué no la has abierto tú?

– ¿De verdad deseáis sabedle?

– Pues claro que quiero –respondió acomodándose dentro de las sabanas y yacer de costado sobre su lado derecho- Si no lo quisiera, no te lo habría preguntado,… vale, que ya mejor no quiero saberlo.

– Si vuestros padres, o los míos, supieren dormimos juntas, lo primerito que harían sería el prohibidnos volver a vednos, ¿no es cierto?

– Supongo que sí –respondió.

– Nada de supongo –interpelé al posar las manos por debajo de mi cabeza- le harían, mirad que ninguna de las dos se los hemos dicho; es más, siempre “retocamos” la habitación de al lado para que piensen vos le seguís utilizando,… ¿Y por qué no les decimos? Pues porque nos juzgarían y no comprenderían la relación que tenemos…

– Supongo que tienes razón –respondió aun yaciendo sobre su costado y descansando su cabeza sobre una de sus manos.

– Amantes no le somos –continué con la interlocución acomodándome también sobre mi costado para ambas, bajo las sabanas, observadnos de frente- al menos no en el sentido estricto de la palabra, pero tampoco hemos dejado de sedle…

– ¿Y qué me dices de Petrouchka, te convertiste en su amante?

– No, y si pensáis me he convertido en su sumisa 24/7 pues tampoco; no he de negaos ha sido una semana,… puf, no sabría definidle,… especial y diferente, excitante,… muy excitante –continué al tiempo que me reacomodaba sobre la cama para yacer sobre la espalda- hemos jugado los juegos por los demás prohibidos, esos que en nuestros cuerpos con las cuerdas, lienzos, caricias y azotes son depravaciones para algunos y delicias para otros. En satisfacción mutua hemos compartido, en la caricia profunda de su falo que, en falacia a ella con su arnés sujeto a mí penetrare, retenida yo a la cama, atada por pies y manos que hiciere sintiere dispuesta estuviere en espera de que ella su satisfacción en mis gemidos encontrare; y posterior a ello, fuere yo quien a ella penetrare, adentrándome por su vientre adusta, sin malsana dicotomía en la búsqueda de un placer que ansiaremos, que nos suplicáremos, que nos exigiéremos; alimentándonos una de otra, gimientes en el epicúreo que nuestros cuerpos convulsivos así dictaren. Morir no importaría si en ello el éxtasis de nuestros sexos el falleced pidiere, una en la otra de sus adentros corrupta, pervirtiendo la carne que en nuestras manos las formas agrestes amasaren, sofocando los alientos en la boca ajena, que entre las lenguas que sus salivas entremezclaren el flagelo suplicáremos, fuere éste por el azote producido, o fuere aquel por las caricias que a las espaldas de nuestras manos clavadas estuvieren cuando nuestros cuerpos ebrios del narcótico elixir por humos del dragón producidos, nuestros alientos llenaren,… Le fui, y con ella descubrí que pudo sedle, sin el tapujo que el tabú en ambas el reprimidnos pudiere, de nuestra sexualidad esclavas, de nuestra represión Amas que la inmisericordia del prejuicio olvidaremos, de ella hartándome, saciando mis ímpetus en sus senos que entre mis manos mis labios besaren, por la boca engulléndoles, recorriendo de su cuerpo las comisuras que los dedos de mis manos, en furtivo camino, de su cuerpo desnudo descubrieren, adentrándome con ellos por sus hendiduras y costados, expurgando ella igualmente las mías que en humos del narcótico aspirado nos convirtieremos flotando de nuestros cuerpos alejadas, desposeídas por la limitante que nuestra piel a la otra la lujuria por la satisfacción misma dictare u ordenare, deseando la satisfacción ajena del sordo quejido que entrecortado, la calma desprovista por la otra anunciare, continuando tortuosas por el coloso de los cuerpos que en convulsivos arqueos la saeta en sus vulvas y anos hiparen, persiguiendo la mortandad de lo inexplicable en el jadeo del aliento que el ahogo de las bocas, en su unión, la asfixia sedienta en nuestras lenguas encontráremos,… Sumisa sí le he sido, por ello arrepentidme no puedo Sveta, sentidle por mi piel en su tacto por mi feminidad recorriéndome, de ello gozando, en sus dedos perdiéndome y de sus flujos en mi boca bebiendo, en sus piernas yaciendo, de ella viviendo, en mi muerte deseada subsistiendo, sin pronunciar nombres que al cuervo en el dintel de mi habitación invocaren, saciando nuestros cuerpos,… ¿podría por ello acaso el pensar arrepentidme?

III
– ¿Cuándo dejaste de ver a Sveta? –preguntó al tiempo que yo mirare nuevamente por la ventana.

– No dejamos de hacedle,… en la universidad nuestros intereses cambiaron, lo que distanció nuestra cercanía y enfrió la relación; ella se hizo fotógrafa y yo Ingeniera –respondí al llenar nuevamente el vasillo- En el primer año de la facultad seguimos muy unidas, siendo cómplices y mutuas confidentes, y aunque no vivíamos en el mismo apartamento era casi como si le hiciéremos.

– ¿La amabas?

– En cierta forma sí, creo ambas dimos paso a un poquillo más allá del amor fraterno que juntas nos mantenía. Ninguna nunca nos lo dijimos, necesario no le era; en ocasiones los celos aparecían y al mismo tiempo nos coqueteábamos, pero nunca llegamos más allá de la seducción simple que, por halago ajeno y ego personal, espontáneamente entre ambas surgiere,… En la facultad aun procurábamos el pasar algunas noches juntas, casi siempre ella era quien en mi apartamento se quedare durmiendo, al igual que antes, en la misma cama,… pensaréis que al hacedle invariablemente habría habido un día en que el sexo apareciere, pero no fue así, y mirad que Sveta no era de mal ver; al igual que muchas otras chicas de nuestra edad procuraba mantener un cuerpo esbelto, aunque por su constitución física le resultare difícil hacedlo, pero lo lograba, sabiéndose sacar partido, como vosotros por aquí decís,… se maquillaba perfectamente, con la cantidad exacta y los colores acordes, sin producir la exageración que ocultaren sus rasgos faciales, y su gusto por la moda hacía que seleccionare las prendas que mejor le venían. Era muy femenina, con ese pelo rojizo y la sonrisa infantil podría arrancar la mirada de cualquiera cuando lo deseare,… me decía que si esperaba que una chica linda se fijare en mí debía ser femeninamente atractiva, pues a las chicas que gustan de chicas lo que desean es eso, una chica que luciere como chica. Creo le aprendí bien, aunque siempre he sido vanidosa, y he de reconocer también voluble; es parte de mi condición que no puedo ni deseo cambiar… Cuando recibí el telefonema de mi madre diciéndome que la abuela había fallecido Sveta estaba en el apartamento y fue una ayuda invaluable. Yo era la única nieta y me sentía sentimentalmente muy unida a ella,… Sveta conocía de ello y no se separó de mí, acompañándome a las exequias y ayudándome en todos los asuntos legales que, posteriores al funeral, siguieron.

– Fuiste la única heredera, me lo comentaste durante las primeras citas –inquirió.

– Quizás la abuela pensare que mis padres tenían ya lo suficiente, eran bastante acomodados y como os he dicho vivían desahogadamente. Creo intuyere que si yo deseaba proseguir en mi afán de éste género un día debiere completamente de mis padres independizadme. Me dejó su herencia en un fideicomiso que me entregare mensualmente una cantidad suficiente para independientemente vivir, permitiéndome inclusive ahorrar los excedentes. A los veintiuno el fideicomiso se liberaría y podría hacer uso del dinero como mejor me pareciera.

– ¿Qué pasó con Petrouchka?

– Tomás de Torquemada, mirad que seguís siendo el mismo inquisidor –argumenté al entregadle mi vasillo lleno y tomar el suyo para llenadle y de él seguir bebiendo- Le seguí frecuentando por ese verano –continué- Después de esa semana ella evitaba los roces que en la tienda con anterioridad hubiéremos fomentado, mostrándoseme sensualmente desafiante, deseando le deseare, reprimiendo mi deseo que despertare desde los primero minutos en que a la tienda llegare y hasta el último en que nos despidiéremos. Sabía perfectamente cómo hacedle; cual Mistress que a su sumisa adiestra iniciaba el juego sensual que a mis sentidos excitaba, fomentándoles en la medida en que el día trascurría para que yo, en respuesta, con aberración al entrar el anochecer le ambicionare. Más de una noche me pidió que cuando a casa llegare, al encontradme ya sola en mi habitación, por teléfono le llamare para masturbadme mientras ella en el auricular me indicaba cómo hacedle, variando siempre en detalles de la forma para poco a poco, con la frecuencia que fue aquello ocurriendo, hacedme parar en el momento justo antes del orgasmo: “Deberéis contar con mi permiso para correos”, me susurraba por el auricular, y ése permiso sólo en un par de veces me fue otorgado. Entendía me adiestraba y yo disfrutaba así le hiciere,… los sábados enteros que en su casa pasaba me resultaban atormentantemente dulces y placenteros; ella tenía una variada colección de juguetes sexuales que uno a uno en ambas fuimos utilizando, descubriendo sensaciones nuevas y excitantes, placenteras unas y otras lasciva y pecaminosamente prohibidas, disfrutando de ambas en maneras y formas distintas, más lo que mayor placer a mí producía era cuando ella, posterior a mí atadme y para sus goces y deleites utilizadme, se ajustaba a su cintura y caderas el dildo con arnés y me penetraba, haciéndole en un vaivén magistral que el ritmo de su pelvis no perdía, prolongando el placer que me producía cuando en el candente delirio del sudor extremo que en ambas los cuerpos bañaren me susurraba al oído diciéndome: “cuando la rosa muera, calmarás tus ansias en las letras vanas”, permitiéndome entonces corredme, lo cual yo hacía en un evo eterno de contracciones abdominales y delirios pujantes que sin arropo exclamare. Nunca hicimos algo más allá de lo que yo no deseare y jamás me forzó a realizar aquello que yo dispuesta no estuviere; consensuábamos lo que experimentaríamos, ella en su carácter de Mistress y yo en el mío de sumisa, pues si bien la planeación de esos día con anterioridad no existía, el día mismo Petrouchka me “narraba” lo que ambas haríamos y no lo que ella me haría. ¿Sabéis? Es algo tan simple pero que cambia la percepción de quien le escucha, pues aún en nuestros roles de Mistress y sumisa nunca utilizamos la palabra “me haréis” u “os haré”, como antes solía utilizadle,… “Hacedme” había cambiado a “hacednos”, “dejadme hacer” por “hagamos”, “folladme” por “follemos”,… “atormentadme” por “atormentadnos”, pues aun asumiendo ella el rol de Ama, supeditada estaba al deseo de la sumisa, atormentándose a sí misma de mi propia disposición al delirio,… ¿Qué es de un Ama que su sumisa no desee? Una sin la otra la existencia no conciben, haciéndose ambas de su contraparte dependientes, coexistiendo de sus penurias y deseos, de sus arrojos e impaciencias, de sus mutuos caprichos sado-masoquistas: “Sed mi gozo en vuestro tormento, dijo el Ama,… No, respondió la sumisa”, ¿quién entonces ha sido la sumisa y quien el Ama? No es la intención el bárbaro sometimiento, pues ello no conlleva la entrega de una propia voluntad que, como Ama, de la sumisa se busca; podéis arrebatar una sexualidad, más si ella carece de la condescendencia que como sumisa deseáis entregar, entonces, como dominante, habréis fracasado. –caminé hacia el sofá en donde, en él sentada, escudriñé por entre las sombras faltas de su oficina, observando de ellas su silencio que, en devorados epicúreos, nuestros cuerpos tragaban- Mi experiencia con Petrouchka duró tanto como ése mismo verano durare –continué- Sveta y yo nos mudamos a la universidad y poco fue el contacto que con Petrouchka pude mantener. Después supe que en el invierno había dejado la tienda para contraer nupcias sin saber más de ella.

– ¿La extrañaste? –preguntó.

– Si por extrañadle os referís a extrañar el sado os puedo decir que sí, no me causa problema alguno el reconocedle; lo que con ella experimenté, y lo que de ella aprendí me siguió produciendo placer y deseo, haciéndole en ocasiones con alguien fortuito, y cuando ello faltaba, en la intimidad de la soledad del apartamento.

IV
– Perdóname, pero sigo sin entender cómo es que puedes dejarte humillar de esa manera y aun así, gustarte que lo hagan –habíamos apagado la luz vislumbrando nuestras siluetas en los contornos de nuestros cuerpos; Sveta seguía apostada sobre su costado y yo acostada sobre la espalda volteé la cara para observadle

– La humillación se produce cuando deseáis aceptadle como tal, y no cuando ésta una exaltación es –comenté; intuía que la charla pudiere durar por el resto de la noche y pareciere Sveta dispuesta a ello estaba, por lo que me acomodé, al igual que ella, sobre mi costado- Le sé, fácil el comprendedle no es, y difícil el explicáoslo sí es,… chica, no os estoy diciendo inmune a la humillación le sea, las afrentas me han sucedido al cruzar algunas esquinas, escuchando las ignominias que hacia mí gritan y ellas, en efecto, calan en la fragilidad de ésta mente y cuerpo mío que lucha, que se desarrolla y en “ella” se convierte, en la misma que hoy, en ésta cama, con vos el calor de vuestro cuerpo comparte; mas ello sucede porque la afrenta en degradación se expresa, con hiriente vileza las palabras se pronuncian, o en los hechos mismos así se expresan,… ¿Se puede sentir humillación al recibir aquello que deseáis os sea otorgado? Lo que para vos ruindad puede ser, para otra enaltecimiento pudiere significar, y no por ello ambas los conceptos erróneos poseen, simplemente ellos desiguales a cada una le son,… Solemos prohibir aquello que a nuestra comprensión se escapa, ajustándonos a nuestros propios preceptos sin pensar que estos muy distintos en alguien más pudieren sedles,… Si fuera de la norma os encontráis, entonces caéis en el ámbito “rarito o malsano”, convirtiéndoos en un tabú que antes de intentar ser comprendido, se es más fácil juzgar…

– ¿Me estás diciendo que soy intolerante por no entender que Petrouchka te esté sobajando y sodomizando cada vez que se ven? –argumentó expresiva-  que mira, si es así, pues sí, sí soy intolerante,… por un pinche demonio, ¿qué no vez que solamente te está utilizando?

– Nos utilizamos Sveta, ella y yo nos utilizamos y nos agrada hacedle, disfrutamos haciéndolo, sirviéndonos una de otra, exaltándonos en las afrentas de los elogios que a la otra otorgamos, sin zaheridnos por ello ni desear siquiera hacedle, respetando nuestras individualidades y fomentando nuestros deseos,… Cuando le invité a cenar a casa ese fin de semana, vos y yo sabíamos le hacía para folladnos, vos misma me habéis ayudado…

– Pues sí chica –arrebató- os ayudé porque pensaba que eso iban a hacer, follar, pero nunca pensé que se convertiría en lo que lo se han convertido.

– ¿Y en qué nos hemos convertido? –argumenté acercándome a ella dentro de las sabanas para tocadle los labios con un dedo en señal de que callare- ¿en el tabú prohibido que censurado debe ser? Venga Sveta, que si así fuere, vos y yo ya fuéremos tabú muchos años atrás. Cuando el mes pasado os llamé para que os quedareis en casa, después de la cena con Petrouchka, vos deseabais los detalles os contare, y cuando les habéis conocido en cólera habéis montado. ¿Hubiereis preferido os ocultare lo sucedido, para decíos que nos mantuvimos follando todo el día como cualquier pareja? Pues sí chica, eso exactamente hicimos, follamos como cualquier pareja, la diferencia fue que le hicimos en la manera en que nosotras deseábamos, y no en la forma que los demás desearen le hiciéremos.

– Ya, y todo sea por folladle, ¿verdad?, que la pendeja de Petrouchka está riquísima –exclamó en sobresaltos- total, su culo y el tuyo están para eso,… para follarse.

– No sólo para eso Sveta –respondí abrupta al recostadme nuevamente sobre mi espalda y mirar al techo para llevar las manos a mi frente- Si sólo deseare folláremos bastare con un par de horas, o inclusive menos,… miradnos a nosotras ahora mismo, vos y yo, las dos en la misma cama, qué si desnudas estuviéremos sería porque así le deseamos, satisfaciéndonos y compartiéndonos sin folladnos, ni tan siquiera acariciándonos. Quizás en amorfias abrazadas que a un extraño el parecer nuestro enlace de piernas, brazos, abdómenes y manos a él pareciere, más en nosotras, la percepción y el contacto otro es, pues de él necesitadas estuviéremos, ansiosas por demostradnos la fragilidad de ésta templanza que nuestra relación nos ha dado; el sexo en nosotras cabida no tiene, y no sea porque no lo sintamos o no le deseemos, sino porque de vos yo necesito, cual vos de mí necesitáis, qué de no ser así, frente a frente ahora mismo no estuviéremos… Con Petrouchka similar es, el sexo con ella no es el resultado de la relación que hemos entablado, sino consecuencia en la que ambas hemos concordado –Sveta me miró, y sentándose sobre la cama se quitó el pijama que le arropare, descorriendo la sabanas mientras le hacía para quedar frente a mí desnuda; mirándole con detenimiento tomó del buró la pipilla de hachís para encendedle y de ella aspirar una larga bocanada, manteniendo el humo dentro de sus pulmones mientras me la ofreciere, la cual yo tomé y también inhalé, no sin antes despojadme igualmente del pijama.

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